En este artículo exploro la experiencia de (no) pertenecer desde la perspectiva de un esoterista que trabaja dentro de la academia. Por esoterista, me refiero a alguien que trabaja con nociones de espiritualidad en el sentido que Foucault da a la «búsqueda, práctica y experiencia mediante las cuales el sujeto realiza las transformaciones necesarias sobre sí mismo para tener acceso a la verdad», en contraste con el concepto más aceptado de filosofía en el ámbito académico, que puede seguirse «sin que él tenga que cambiar o alterar su ser como sujeto». La espiritualidad requiere askesis: la transformación progresiva del yo mediante un prolongado trabajo interior. El esoterismo estuvo mucho tiempo ausente de la academia, descrito como «conocimiento rechazado» por Hanegraaff y como «bancarrota fraudulenta» por Adorno.
Exploro cómo es trabajar con una cosmovisión espiritual dentro de una academia mayoritariamente materialista y cómo décadas de trabajo meditativo me llevaron a experimentar el mundo de maneras no convencionales. Utilizo un poema inédito para ilustrar cómo esto puede generar una lucha por encontrar espacios de participación dentro de los entornos académicos, adoptando la noción tradicional irlandesa de anamchara –un amigo del alma– para mostrar cómo mi vida anímica se sostiene en medio de este aislamiento y cómo trabajar con tales amigos, separados por la distancia y a veces por el tiempo, ayuda a superar los sentimientos de otredad.
Palabras clave: esotérico, espiritualidad, trascendencia, conciencia, educación