Quienes quieran educar a los demás, deben educarse a sí mismos. Quienes quieran influir en los jóvenes, deben mantenerse jóvenes y trabajar incesantemente en sí mismos.

Simon Gfeller, pedagogo y escriptor suizo (1868 - 1943)

Desarrollo personal
autenticidad, resistencias, valentía, aguante, ritmo, aceleración, clase principal, iniciativa, retrospectiva diaria, interés, imperfección
Por: Michal Ben Shalom, septiembre 2016,

Río arriba: un viaje hacia la autenticidad


Michal cree que en su búsqueda de la autenticidad siempre gana algo. En su conferencia, cita al poeta místico sufí Rumi: “hay cientos de formas de arrodillarse y besar el suelo.” Según Michal, esto resume a la práctica la pedagogía Waldorf: no copiar nada, sino abrir nuevos caminos hacia el futuro. Aquí tenéis la conferencia que pronunció la mentora y maestra Waldorf israelí Michal Ben Shalom en el Goetheanum durante el X Congreso Mundial de Maestros Waldorf 2016.

Les voy a contar la historia de un gran viajero; uno de los grandes viajeros de la naturaleza: el salmón.

 

Los salmones nacen en arroyos de agua dulce, en la parte alta de los ríos, muy arriba, y cuando son jóvenes, alevines, se quedan durante unos tres años en estos sitios remotos. ¿Un tiempo? Un lugar, más bien: nunca lo olvidarán. Un lugar de infancia que estarán obligados a recordar para siempre, hasta el fin de sus vidas.

 

Cuando están preparados, nadan grandes distancias río abajo, deslizándose por las cascadas, como si cabalgaran sobre las olas de las aguas que fluyen hacia abajo poderosamente, bajando hasta el océano. Después de este lúdico viaje de juventud, se paran en la desembocadura de los ríos, sólo un ratito, para poder adaptar su sistema corporal al agua salada. Cambian lo que necesitan cambiar y...¡allá van!

 

Pasarán los cinco años siguientes en el oceáno profundo, frío y a veces extremadamente tormentoso, con las balenas y las focas, las gaviotas y las águilas de mar: los "grandes".

 

Pero, cuando están listos para la puesta de huevos, cuando quieren procrear, o sea, crear el futuro, empieza la carrera del salmón. Miles y miles de salmones viajan desde las bahías hacia los ríos de Canadá y de Alaska para hacer su camino de vuelta a casa. Recordando el lugar exacto en el que nacieron, llegan a la desembocadura del río que dejaron cinco años atrás y se preparan, adaptándose de nuevo: esta vez, para el cambio de agua salada hacia agua dulce. La investigación demuestra que todos se acuerdan. ¡Sus cuerpos saben exactamente cómo orientarse para regresar al arroyo al que pertenecen! Su olfato les guía de vuelta hacia su lugar de origen. Quizás les ayude la magnetorrecepción, pero parece que su olfato es su mayor astrolabio durante el recorrido.

 

En este punto, cuando se reúnen en la desembocadura del río y se preparan para obrar este milagro (el cambiar de agua salada hacia agua dulce, por segunda vez) ¡arriesgan muchísimo! De hecho, lo arriesgan todo. ¡La vida!  Es un momento muy vulnerable. Se convierten en presa para los osos, que les están esperando, para las bandadas de gaviotas y las águilas de cola blanca, los pescadores; hay muchísimos por todas partes. Y ya son bastante viejos, su salud se deteriora, sus cuerpos están llenos de las cicatrices profundas que han dejado las luchas con los depredadores en mar abierto. Llevan signos de la edad… pero sin embargo allá van, obligados por la antigua llamada de la naturaleza, la existencia, la vida misma, y protagonizan una de las mayores maravillas de la naturaleza: la carrera del salmón.

 

Contra todo pronóstico, se lanzan, ¡contra la corriente! ¡Río arriba! Contra los raudales, las  poderosas y salvajes corrientes, contra cascadas muy altas.  Algunos se enfrentarán a un viaje de 20 km hasta el nacimiento de su río; otros, en el Yukón, por ejemplo, harán un viaje de 2000 km río arriba, con muchísimas cascadas que superar. Se arriesgan durante todo este trayecto hacia arriba para proteger a la siguiente generación, o sea, el futuro. Lo arriesgan todo sólo para poner sus miles de huevos allí donde saben que las posibilidades de supervivencia de los más jóvenes son mayores.

 

Nadan contra el enorme poder del agua, huyendo de depredadores y evitando a los pescadores. Se empujan corriente arriba, y cuando llegan a la cascada, la rodean por debajo durante un rato y, cuando encuentran el sitio adecuado, hacen lo inconcebible: ¡vuelan!  Saltan hacia arriba, casi verticalmente, hacia el punto más alto de la cascada, y a veces lo consiguen; otras no; les arrastra la corriente de nuevo hacia abajo, prueban otra vez, fracasan de nuevo, fracasan un poco menos, y así sucesivamente.

 

Es difícil imaginar que una criatura pueda nadar contra un agua con tanta fuerza, y ya no digamos que pueda elevarse varios metros hacia el cielo cada vez...¡pero lo hacen! Continúan, con determinación, siguiendo un impulso profundo tanto de supervivencia como de renovación.

No es de extrañar que muchas personas, adultos y niños, acudan cada año a la cita para presenciar este evento tan conmovedor. Debe ser el reflejo de una imagen muy poderosa para el alma humana,   como si de un secreto vital de tratara.

 

A lo largo de este viaje tan atrevido, los salmones alimentan a los osos y a los pájaros que se esperan para cazarles. Sólo 2 de cada 6 salmones llegarán a la meta del viaje. Los demás alimentarán los habitantes del bosque y de la tundra. La investigación muestra cómo la vegetación y los animales, la flora y la fauna próximas a los nacimientos de los grandes ríos en cuyas gravas los salmones ponen sus huevos, son sorprendemente ricas en minerales ¡que sólo se pueden encontrar en las profundidades del océano!

 

Entonces, podemos decir que la migración del salmón y su aguante increíble actúan a modo de mensajeros, suministran sustancias y conocimientos desde las profundidades a las alturas, desde lugares oscuros a la luz abierta. Permiten el ciclo de la vida gracias a su determinación y perseverancia. Y contra todo pronóstico.

 

Bueno, me parece que no hay mucho más que decir.

 

Es una obra maestra de la naturaleza, ¿verdad? Perseverancia, aguante, responsabilidad, confianza, superar las resistencias, recuerdo claro del lugar de origen y valentía, muchísima valentía.

 

¡La mejor lista de valores y virtudes que uno podria desear! Sólo que....con lo que respecta a nosotros, la cosa es un poco distinta.

 

¡Los salmones tienen que hacerlo! Nosotros somos libres…

Los salmones se ven obligados. Nosotros podemos elegir

¡Los salmones tienen que acordarse! ¡Nosotros somos libres de olvidar!

 

Cuenta una antigua leyenda judía que, justo antes de nacer, un ángel pone suavemente el dedo justo aquí, sobre nuestro labio superior, y dice: "Ahora debes olvidar…", por lo tanto, cuando llegamos aquí no nos acordamos de nada de lo que había "allí", al otro lado del umbral (¡y todos tenemos una bonita señal por encima de nuestro labio superior!).

 

Aunque seamos muy distintos del salmón, se trata de una imagen muy poderosa, y no es en vano que nos sentimos atraídos por ella, nos llega porque sabemos algo de ello desde dentro.

 

Nuestro tiempo nos enfrenta a impulsos fuertes y desafiantes, y las resistencias aparecen bajo muchas formas y en todas partes: desde fuera y desde dentro.

 

Una forma de resistencia es, sin duda, el impulso de la aceleración. El tiempo, el mismo ser del tiempo, se ve obligado a actuar más rápidamente, a ir más deprisa, a ser más corto, más reducido, staccato! Nos falta tiempo constantemente, nos quedamos sin tiempo e incluso decimos a nuestros hijos: "¡estás malgastando tu tiempo!" o "perdiendo el tiempo" : ¡esto no tiene NINGÚN SENTIDO! Uno no puede malgastar ni perder su tiempo, ¿verdad? ¡En cualquier caso los niños seguro que no! La infancia no tiene tiempo, es un tesoro del tiempo escondido, una esfera de tiempo dorado, la "edad dorada".

 

La aceleración también se traduce en el hecho de que las cosas se esperan o se hacen en mal momento, antes de lo que deberían. Académicos jóvenes, decisiones tomadas demasiado pronto, conciencia temprana, madurez del cuerpo temprana, etc.; nuestra cultura nos empuja hacia el aprendizaje acelerado, a hacer mucho más en mucho menos tiempo, a perder el contacto con el latido saludable del tiempo. Los niños necesitan tiempo para crecer,  se toman el tiempo para crecer, y se mantienen en  los preciosos ciclos del crecimiento, donde se permite que las cosas pasen a su debido tiempo, maduran cuando ha llegado el momento.

 

Mientras mantenemos nuestra dirección contra la corriente, deberíamos saborear el tiempo, y tratarlo de un modo espiritual, haciendo de la pedagogía Waldorf una educación lenta, no rápida, sino lenta. Si estamos dispuestos a hacerlo, tenemos que convertirnos en educadores lentos: tanto en nuestra esfera privada como en la profesional. Si no vamos más despacio no podremos llegar a conocer a los niños.

 

Primero y ante todo tenemos que establecer ritmos agradables. Trabajar artísticamente con los rtimos, de una forma lúdica y abierta. Sin repeticiones pedantes, con ritmos que respiren y  evolucionen, en los que los niños puedan experimentar contentos un nuevo estado de ánimo, un nuevo elemento, la nueva esperanza de un nuevo día. La repetición pedante mata el tiempo, mientras que los ritmos vivos aportan nuevas formas de ver las cosas, riqueza y colores del alma. 

 

Así pues, por el bien de la educación lenta, tendríamos que poner en práctica bloques largos y apetecibles de clase principal, de cuatro semanas o más, en los que el tiempo permitiera vivir experiencias ricas y completas, individualizar, desarrollar habilidades, etc.  

Sin embargo, cuando organizamos la enseñanza en bloques de 2 o 3 semanas cada uno...

Como todavía nos queda mucho por enseñar….

Como hay muchos bloques pendientes de introducir…

O por la presión académica…

… dejamos que la educación rápida (la aceleración) tome "asiento de honor" en nuestras escuelas. Es una forma de "nadar aguas abajo".

 

Otro aspecto práctico del tiempo sería seguir honestamente ritmos temporales que tengan relación con el aprender y el olvidar, la ingeniosa combinación del hacer y el no hacer. Cuando presentamos clases prácticas de matemáticas, en las clases de los más pequeños, o fichas de trabajo diario (porque los niños tienen que hacerlo a diario, porque no "saben bastante", o "no llegan al nivel básico") estamos apostando por el aprendizaje mecánico: "cuanto más practiques, mejor..."; éste no es nuestro arte educativo. Esto es deslizarse por el arroyo sin dirección ni valentía. Es un secreto profundo del tiempo: aprender...y olvidar. Significa desarrollar otra relación con el tiempo, basada en el conocimiento del hombre.

 

Cualquier forma de resistencia, como la  presión del tiempo, los logros académicos tempranos, la aceleración, son como llamadas de atención para nosotros; es una invitación a la identidad propia, un recordatorio de nuestra responsabilidad espiritual para con los niños, para con el futuro.

 

Las resistencias te empujan a conocer tu Porqué, con P mayúscula. Y si uno tiene un Porqué fuerte, entonces puede superar cualquier "Cómo".

Ésta es quizás la afirmación más famosa de Victor Frankl, quien parece ser una fuente de inspiración para muchos de los que estamos aquí: ¡ha sido mencionado cuatro veces sin que los ponentes nos conociéramos! Superviviente del campo de concentración de Buchenwald, dice en su libro "El hombre en busca de sentido" (1): Si tienes una motivación, un objetivo, un propósito claros, encontrarás el camino… o, en palabras del propio Viktor Frankl: 

 

“El que tiene un porqué vivir, podrá soportar casi todos los cómos.” (2)

 

Las resistencias os llevarán a hacer preguntas,

Las resistencias os harán inventar, probar, cambiar,

Las resistencias os harán buscar

Las resistencias os mantendrán frescos, luchadores, flexibles, ágiles:

En otras palabras: las resistencias os mantendrán felizmente activos y activamente felices.

 

Porque tienes este sentimiento de "Estoy viviendo mi auténtica vida". De este modo no hay lugar para la amargura.

 

En un pueblo lejano, reza un cuento sufí, había un sacerdote que siempre oraba durante mucho tiempo y con mucho entusiasmo por los ladrones y los salteadores crueles de la comunidad.

 

Oh, Dios, rezaba, apiádate de ellos.

No rezaba por la buena gente, sino por los malhechores.

La congregación le preguntó: "Pero, ¿por qué, por qué haces esto?"

Porque, respondió él, cuando les veo, me acuerdo de que lo que ellos quieren ¡no es lo que yo quiero! Me mantienen en mi camino espiritual, en la buena dirección, ¡por eso lo hago!

 

Las resistencias son un recordatorio, ¿sabéis? Nos permiten mantenernos en la buena dirección.

 

Ante las resistencias, necesitamos ser valientes. Ser valientes para la verdad, para el verdadero conocimiento del hombre. En una lengua tan antigua como el hebreo, valentía y esfuerzo provienen de la misma raíz. 

Valentía, OMETZ ; y esfuerzo, MA'AMATZ.

 

Esto sugiere, quizás, que la valentia tiene que ver con un esfuerzo, que es una actividad de la voulntad, que requiere un esfuerzo constante. Ante el miedo, el peligro, la amenaza o el dolor, estamos constantemente poniendo en práctica la valentía. Igualmente, tenemos que poner en práctica la valentia ante la falsedad, la injusticia, la maldad y las mentiras.

 

Tanto la valentía física como la moral requieren esfuerzo, voluntad. La valentía, según dice Steiner en su ciclo de conferencias "La metamorfosis de la vida anímica" (3), podría ser el resultado de una autoridad amorosa en la infancia, entre los 7 y los 14 años. Si un niño tiene la suerte de tener maestros que le acompañen con autoridad amorosa y palabras de verdad (es decir, que protejan su cuerpo etérico e incluso lo realzen, haciéndolo "mayor" y "mejor"), ello se reflejará años más tarde,  entre los 28 y los 35 años, durante el quinto ciclo de los septenios, correspondiente con el segundo ciclo, bajo forma de valentía e iniciativa. Muy interesante: la valentía y la inciativa se pertenecen, y los dos nacen y florecen en un mismo macizo: la esfera etérica.

 

Como maestros y profesores, somos una nación de hacedores. Hacer es nuestro apellido, ¿verdad? Siempre preparando, reuniéndonos, hablando, consultando, explicando, corriendo arriba y abajo.  A veces parece un tiovivo de tareas y obligaciones, compromisos y quehaceres. Si no queremos que se nos lleve la corriente y nos perdamos, es fundamental que tomemos la iniciativa de dialogar y reflexionar interiormente, de buscar un espacio interior para equilibrar el gran flujo de quehaceres. Los hacedores tenemos que encontrar momentos para soñar. 

 

Busca un espacio interior, reflexiona sobre tu día. Un día lleno de cosas no le deja espacio al alma. Una buena retrospectiva silenciosa del día que hemos vivido, no solamente aporta aire fresco para el alma y nos ayuda a deshacer los nudos enredados del día, sino que también ayuda a crear nuevos espacios. Nos ralentiza. Es una experiencia muy penetrante. Cuando hacemos mucho tenemos que des-hacer. Mirar hacia atrás es deshacer. Nuevo espacio, para un nuevo amor y nuevas ideas.

Todos lo sabemos: si tenemos un problema en clase, hablamos mil veces con ese chico en concreto, le cambiamos de sitio, llamamos a los padres, consultamos a los compañeros....y sin embargo todo ello lleva a un callejón sin salida. Pero si llevamos los encuentros con  ese chico a nuestra retrospectiva nocturna se abren nuevos caminos, caminos creativos.

 

Hace muchos años fui maestra de la segunda clase, y tuve problemas con un alumno. Ruido, bromas... éste era sólo parte de su repertorio diario y la cosa iba de mal en peor. 

 

Hasta que me di cuenta de cuál era mi trabajo: empecé a llevármelo a mi retrospectiva nocturna. Quién es este chico, qué está pidiendo.... Me interesé por él. Continué así durante unas cuantras semanas y... nada cambió. Una tarde me encontré al chico paseando con su padre y después de saludarnos mutuamente, el padre me preguntó: "¿Y qué tal mi hijo en clase?" Estava muy contento con su hijo y con la escuela en general. "Su hijo", empecé, sin saber que vendría después, y entonces tuve una experiencia clara de que algo hablaba en mí. Me oí decir a mí misma como si viniera de fuera: "Su hijo es un alumno maravilloso". Sorprendida conmigo misma, me oí continuar: "Canta y recita tan bien, escucha y particpa en cada actividad. ¡Sencillamente maravilloso!" Podía ver parcialmente los ojos negros del chico mientras hablaba. Se engrandecieron y se hicieron más profundos. Estaba radiante. Y eso fue todo. A partir del día siguiente, el chico se comportó exactamente como yo le había descrito a su padre.

 

Este diálogo interior con el chico es un manantial de creatividad, un manantial interminable de ideas creativas. Y como se trata de un esfuerzo que hacemos a partir de nuestra propia voluntad e iniciativa, nos acerca a nuestra personalidad auténtica, al "Yo" de cada uno. Cuando pensamos nuestros propios pensamientos, aunque sólo sea durante unos momentos, paramos el flujo interminable de información-noticias-ideas que viene de fuera. Nos acercamos a nuestro ser auténtico, real. En nuestros días, la cabeza le abre el camino al corazón.

 

En griego, autenticidad significa "sí mismo", singular. En nuestras palabras: "individualizado". En general, asociamos el término autenticidad a los artistas. Un estilo concreto, una forma de trabajar la luz, o de sujetar el pincel. Cuando contemplamos una obra de Chagall, ¡lo sabemos! Es auténtica. No hay otro como él. Las tonalidades azules que siempre dominan en sus cuadros con su realidad exenta de gravedad. Cuando escuchamos a Beethoven, enseguida reconocemos su indudable estilo clásico. Para nosotros los maestros, ser auténtico significa encontrar nuestro propio tono y color. Este diálogo interior nos lleva a este punto, nos ayuda a entonar nuestra nota particular y única, a encontrar nuestro color, a sujetar nuestra propia paleta y pincel.

 

Rumi dijo: "Hay cientos de formas de arrodillarse y besar el suelo… " (4)

 

Hay cientos de formas de enseñar, de ser maestro....todos queremos encontrar esta forma única de  "arrodillarnos y besar el suelo". La pedagogía Waldorf no aboga por la uniformidad, ni por la repetición de las clases principales de los demás, no es de metodologías rígidas. Se trata de llegar a ser uno mismo: mediante la enseñanza y el esfuerzo para con niños encantadores.

 

Entre las leyendas jasídicas de Martin Buber (5), hay un cuento sobre el Rabino Bunim de Peshischa que reza así:

 

Un día, el Rabino Bunim de Peshischa reunió a sus alumnos y les dijo: "Cuando yo muera y me enfrente a la corte celestial para ser juzgado, Dios no me preguntará, 'Bien, Rabino Bunim, ¿por qué no fuiste como el Rabino Moisés?' Dios me preguntará, 'Rabino Bunim, ¿por qué no fuiste el Rabino Bunim?'"

 

Tengo un amigo, un maestro excepcional, que una vez me preguntó, al final de un largo día de clase: 

 

¿Sabes quién es la mejor amiga de un maestro? Me dio la impresión de que estaba muy solo... Probé un par de respuestas, y al final me dijo, victorioso: "¡La mejor amiga de un maestro es la impotencia!"

 

Todos conocemos la impotencia, como maestros, y como hombres y mujeres de nuestro tiempo.  La impotencia, el no saber, es un signo de nuestro tiempo. Si no la vivimos, es que estamos nos basamos en métodos antiguos y que nos aferramos al pasado.  Las respuestas claras de un pasado destruido hace tiempo ya no sirven. El viejo orden ya no existe. El siglo veinte nos reservó una inmensa catástrofe, y el veintiuno tampoco parece muy prometedor. "La anarquía se abate sobre el mundo", dice W.B. Yeats en su poema "El segundo advenimiento" (6):

 

"…no puede ya el halcón oír al halconero;
todo se desmorona, el centro cede;
La anarquía se abate sobre el mundo …"

 

Nuestra constitución moderna refleja a diario la anarquía, el "desmoronarse". El halcón "no puede ya oír al halconero", ni tampoco obedecerle...  El espacio entre quiénes somos y quiénes deberíamos ser, en quién deberíamos transformarnos, es una realidad dolorosa. Es un espacio que incluso da miedo en algunas ocasiones.

 

Sin duda, nos experimentamos a nosotros mismos como seres imperfectos. Somos así. La imperfección es la nueva perfección humana. La perfección es inhumana: no permite el cambio. La parte positiva de todo ello es que la imperfección es la puerta de entrada al Devenir...

 

Ser humano es aceptar la imperfección. O así es como debería ser ahora.

 

Así pues, como maestros, dejemos que la mejor amiga de mi amigo, la impotencia, camine a vuestro lado. No la ignoréis, va a estar ahí de todos modos. Sed agradables con ella, vuestra compañera incansable, puesto que negarla sería lo peor que podrías hacer.

 

Además, su amistad puede ser de gran ayuda: "no saber" es un espacio abierto para la creatividad, la autenticidad, para devenir.

 

Tomas Tranströmer, el poeta sueco que ganó el premio Nobel de poesía en 2011, describió esta nueva situación humana de forma poética y consoladora en su poema "Arcos románicos" (7):

 

Arcos románicos

 

Dentro de la enorme iglesia románica se apiñaban los turistas en la penumbra.
Bóveda abierta tras bóveda y sin vista de conjunto.
Algunas llamas de cirios aleteaban.
Un ángel sin rostro me abrazó
y susurró por todo el cuerpo:
"!No te avergüences de ser hombre, sé altivo!
Dentro de ti se abre, interminablemente, bóveda tras bóveda.
Nunca estarás completo, y así ha de ser."
Me cegaron las lágrimas,
fui empujado a la piazza que hervía bajo el sol
junto con Mr. y Mrs. Jones, el Señor Tanaka y la Signora Sabatini
y dentro de todos ellos se abría bóveda tras bóveda, interminablemente.

(Traducción del sueco de Roberto Mascaró. Ver notas al final)

 

Empecé con un viajero del mundo, y termino con un artista del mundo, un hombre en transformación.

 

El 18 de noviembre de 1995, Itzhak Perlman, el famoso violinista, subió al escenario para dar un concierto en el Lincoln Center de Nueva York.

 

Si habéis estado alguna vez en un concierto de Perlman, ya sabéis que para él, subir al escenario no es nada fácil. Padeció la enfermedad de la polio cuando era niño, en Tel Aviv, y tiene abrazaderas en ambas piernas y camina con la ayuda de unas muletas.

 

Verlo caminar sobre el escenario de un lado al otro, paso a paso, lenta y dolorosamente, es una escena impresionante. Te deja sin palabras.

 

Camina penosamente, pero de forma realmente majestuosa hasta que alcanza su silla.

 

Le lleva TIEMPO.

 

Después se sienta, lentamente, deja las muletas en el suelo, desabrocha las abrazaderas, recoge un pie hacia atrás y extiende el otro hacia delante, lo cual, de nuevo, lleva TIEMPO… luego se inclina, recoge el violín, se lo pone debajo de la barbilla, hace una seña al director y...empieza a tocar. 

 

El público ya está acostrumbrado a este ritual. Todo el mundo permanece sentado, en silencio, mientas él cruza el escenario hasta llegar a su silla. Todo el mundo hace un silencio reverencial mientras se desabrocha las abrazaderas y todo el mundo se espera hasta que está listo para tocar. Pero ése dia, el 18 de noviembre, algo salió mal. Justo cuando había arrancado las primeras notas, una cuerda del violín se rompió. Se pudo escuchar el ruido en toda la sala; salió disparada como una bala. No había duda de lo que ese sonido significaba. Ahora tendría que levantarse, ponerse las abrazaderas de nuevo, coger las muletas y salir del escenario cojeando para coger otro violín o para reponer la cuerda. Pero NO LO HIZO. Ni lo uno ni lo otro.

 

Lo que hizo fue esperar un momento, cerrar los ojos y hacerle una seña al director para volver a empezar. La orquesta empezó, y él retomó la pieza desde donde la había dejado.

 

Y tocó como nunca lo había hecho antes: con tanta pasión, tanto espíritu, tanta pureza...

 

Evidentemente, todo el mundo sabe que es imposible tocar una pieza sinfónica sólo con tres cuerdas. ¡Imposible!

 

Incluso yo que no soy violinista lo sé, pero aquella noche  ¡Itzhak Perlman rehusó saberlo!

 

Y allí estaba, modulando, cambiando, componiendo la pieza en su cabeza. Hubo un momento en el que pareció que redescubría las cuerdas para que emitieran sonidos nuevos, sonidos que nunca se habían intentado antes. ¿Os lo imagináis?

 

Cuando terminó, se hizo un silencio sepulcral en el auditorio. Y luego...la gente se levantó y empezó a aclamarlo. Los aplausos estallaron desde todos los rincones. Todo el mundo de pie, gritando, aclamando, haciendo todo lo psosible para mostrar cuánto apreciábamos lo que él había conseguido. Él sonrió, se secó el sudor de la frente, levantó el arco para que nos calláramos y después dijo, en un tono muy modesto: "Saben, a veces pienso que la tarea del artista es averiguar cuánta música podemos hacer todavía con lo que nos queda".

 

También nosotros, los maestros y profesores, tendríamos que seguir adelante, hacer música, escribir y rescribir nuestra propia música, arrancar nuestra nota más auténtica, encontrar nuevos caminos, convertirnos en los mejores maestros con lo que nos queda. 

 

 

Michal Ben-Shalom nació en Israel. Es co-fundadora de la primera escuela Waldorf de Israel de 1989, en la que trabajó durante 25 años como maestra tutora.  También es co-fundadora del seminario Harduf de maestros Waldorf y del Foro Nacional Israelí para la Educación Waldorf. Actualmente Michal es mentora, e imparte talleres para maestros tanto en Israel como en India. Además, es la coordinadora de la formación básica para maestros Waldorf en Katmandú, Nepal.

 

Traducido por Montserrat Babí

 

Notas:

(1)  Frankl, Viktor: "El hombre en busca de sentido" Herder, 2013.

(2)  Nota del traductor: En realidad, la cita (cuya traducción es libre) es de Friedrich Nietzsche.

(3)  Steiner, Rudolf: "La metamorfosis de la vida anímica", GA 59. Antroposófica, 1988.

(4)  Cita de Dschalal ad-Din Rumi, místico sufí, académico y uno de los poetas medievales persas más importantes.

(5)  Buber, Martin: "Cuentos Jasídicos", Paidós Ibérica, 1993.

(6)  Yeats, William Butler: "El segundo advenimiento", en "Poesía Reunida", Pre-textos, Valencia, 2010.

(7)  Tranströmer, Tomas: "Arcos románicos", en "El cielo a medio hacer". Nórdica, Madrid 2010. 



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